
Pero también paso mucho tiempo en la oficina con mis compañeros, contestando el teléfono, traduciendo, escribiendo a maquina las cartas y presupuestos que me pasan los jefes de obra que tienen sus mesas allí. Ellos también se han acostumbrado a mi presencia y hemos establecido una relación de compañeros, pero también un poco de broma, un poco picante - no quiero que piensen que soy una estrecha. Me rió con sus chistes bordes, y les cuento otros, y voy con ellos los viernes después de terminar para tomar "la penúltima", y a veces en el despacho dejan caer un bolígrafo cuando paso por su mesa para que puedan mirar mejor mi escote cuando me agacho para recogerlo del suelo. Y lo estoy pasando fenomenal.
La mesa al lado de la mía la comparten dos de los jefes de obra, y uno de ellos se llama Rafael. Es un hombre mayor, tendrá mas de cincuenta años, y lleva mucho tiempo en la empresa. Es madrileño, muy tosco, bajito, calvo, lleva gafas, tiene mucha barriga, huele a brandy y colonia y fuma constantemente cigarrillos de tabaco negro o puritos aromáticos. No se porque, pero me resulta algo familiar aunque se que no lo conozco para nada, y me atrae, me fascina, no puedo dejar de pavonear delante de el, intentar llamarle la atención. Pero esto es una estupidez - es feo y desagradable, y se cree tan importante. Y estoy casada y todo me va muy bien. Y cuando Rafael esta en la oficina no puedo concentrarme y voy a la copiadora para sacar copias, o me siento con el jefe tomando notas, o cualquier otra tarea, con tal de no estar al lado de este hombre inquietante.
Publicado a las 16:30 del 15 de Febrero de 2008
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