
¡Qué vergüenza, qué vergüenza!
Despeja esa frente colérica y amenazadora, y no lancen esos ojos tuyos miradas desdeñosas que hieran a tu Señor, a tu Rey, a tu Gobernante.
Eso aja tu hermosura, como la escarcha la hierba de los prados; destruye tu reputación, como el huracán sacude los bonitos capullos, y esa actitud tuya no es, en ningún modo, ni correcta ni agradable.
Una mujer enfurecida es como una fuente turbia: fangosa, desagradable a la vista, espesa, sin belleza alguna; y mientras sea así, nadie, por seco y sediento que esté, se dignará sorber o beber una sola gota de ella.
Tu Amo es tu Señor, tu Vida, tu Cuidador, tu Cabeza, tu Soberano; Aquél que se ocupa de ti.
Y por mantenerte, somete su cuerpo a penosos trabajos tanto por mar como por tierra; a vigilar la noche en las tempestades, el día en los rigores del frío, mientras que tú yaces abrigada en casa, protegida y segura, y El no anhela otro tributo de tus manos que amor, buena cara y verdadera obediencia.
¡Demasiado pequeño pago para tan grande deuda!
La misma sumisión que debe el súbdito al Príncipe, esa misma le debe la esclava a su Amo; y cuando ella es díscola, quisquillosa, malhumorada, amargada, y no obediente a la honesta Voluntad de El, ¿qué es ella, sino una asquerosa rebelde discutidora y desgraciada traidora para con su amante Señor?
Me avergüenza que las mujeres sean tan tontas como para ofrecer guerra, cuando deberían arrodillarse para pedir paz; o que busquen el mandar, la supremacía y el regir a su capricho, cuando están obligadas a servir, amar y obedecer.
¿Por qué son nuestros cuerpos suaves y débiles y delicados, no aptos para las pérdidas y los problemas del mundo, sino para que nuestras suaves cualidades y nuestros corazones correspondiesen adecuadamente con nuestras partes exteriores?
¡Vamos, vamos, gusanillos díscolos e inútiles!
Mi mente ha sido tan inflada como la de una de ustedes, mi corazón tan ambicioso, mi razonamiento afortunadamente mejor, para devolver palabra por palabra y desaprobación por desaprobación; pero ahora veo que nuestras lanzas no son más que briznas de paja, nuestra fuerza tan débil, nuestra debilidad más allá de toda comparación, y que esa apariencia es más bien lo que en realidad somos menos.
Rebajad, pues, vuestros estómagos, porque es inútil, y poned vuestras manos bajo el pie de vuestros Amos.
En prenda de tal deber, si a El le place, mi mano está pronta.
¡Pueda esto serle una satisfacción!
(Esta Traducción fue hecha por el WolfLord de la Sociedad Love Chains)